Hoy,
las postales turísticas parecen objetos arcaicos que se resisten a desaparecer.
¿Ya nadie compra postales?, ¿ya nadie escribe postales? Sin duda, las seguimos
comprando porque ahí continúan, llamando nuestra atención con sus colores
chillones desde el expositor de postales (ese universo de papel que gira
mostrándonos lo que hay que ver), en la tienda de suvenires (ese templo dorado
de los recuerdos que el turista lleva consigo). Escribir hoy una postal
turística es un síntoma de resistencia melancólica, un estado del espíritu que
asume la dinámica histórica de la experiencia del turismo como un acto de
comunicación y de afirmación en el espacio y en el tiempo.
Las
postales turísticas nos hablan de la vida y de los sueños que vivimos. Son
ficciones de un mundo perfecto, reducido a un catálogo de territorios que
habitan en la memoria colectiva y nos ayudan a conocer y a reconocer la
geografía de los deseos. La postal turística aporta una imagen –los
estereotipos de un lugar–, y el turista añade –escribe– el resto. Anverso y
reverso de los imaginarios turísticos.
En
esta literatura urgente y breve se condesan los modos convencionales del ser
turista. Por eso, hemos terminado por creer erróneamente que en cada palabra, en
cada frase escrita en el dorso de una postal quedaban señalados los códigos de
una mirada banal, los efectos de un discurso superficial, los defectos de un
sentimiento sin sustancia, vacío. Pero, ¿qué nos dicen las postales?, ¿de qué
sustancia están hechas las palabras que escribe el turista?




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