lunes, 17 de marzo de 2014

POSTALES: REVERSOS DE FELICIDAD TURÍSTICA







Hoy, las postales turísticas parecen objetos arcaicos que se resisten a desaparecer. ¿Ya nadie compra postales?, ¿ya nadie escribe postales? Sin duda, las seguimos comprando porque ahí continúan, llamando nuestra atención con sus colores chillones desde el expositor de postales (ese universo de papel que gira mostrándonos lo que hay que ver), en la tienda de suvenires (ese templo dorado de los recuerdos que el turista lleva consigo). Escribir hoy una postal turística es un síntoma de resistencia melancólica, un estado del espíritu que asume la dinámica histórica de la experiencia del turismo como un acto de comunicación y de afirmación en el espacio y en el tiempo.

Las postales turísticas nos hablan de la vida y de los sueños que vivimos. Son ficciones de un mundo perfecto, reducido a un catálogo de territorios que habitan en la memoria colectiva y nos ayudan a conocer y a reconocer la geografía de los deseos. La postal turística aporta una imagen –los estereotipos de un lugar–, y el turista añade –escribe– el resto. Anverso y reverso de los imaginarios turísticos.

En esta literatura urgente y breve se condesan los modos convencionales del ser turista. Por eso, hemos terminado por creer erróneamente que en cada palabra, en cada frase escrita en el dorso de una postal quedaban señalados los códigos de una mirada banal, los efectos de un discurso superficial, los defectos de un sentimiento sin sustancia, vacío. Pero, ¿qué nos dicen las postales?, ¿de qué sustancia están hechas las palabras que escribe el turista?   



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